Así puede afectar tú alimentación a la salud mental

Así puede afectar tú alimentación a la salud mental

Escrito el 22/11/2018
Ana Hernandez Ariza


La dieta juega un papel muy importante en la salud del cerebro. Todos sabemos que la industria alimentaria ha cambiado profundamente la manera en que comemos, aunque todos conocemos la manera que puede repercutir en nuestra forma física, ahora es cuando nos damos cuenta las consecuencias que tiene para nuestra salud mental.

Por eso Colombianos en el exterior ha querido tener una conversación amena y eficaz con la psicóloga colombiana Pamela Crombie. Sin darme cuenta estaba en la mesa de un restaurante sentada al lado de una psicóloga, sin venir nada a cuenta ella lanza un comentario “soy psicóloga y promuevo salud mental a partir de la relación que existe entre la alimentación y la psicología”, hubo un silencio profundo en medio de todos los presentes y para mis adentros pensé: ¿y ahora qué pido yo de comer? Seguro que ésta nos analiza”. Comenzamos a hablar y logré empatizar con ella y conocerla un poco mejor. Su nombre es Pamela Crombie Díaz y ella no sólo es psicóloga sino que también es licenciada en literatura de la Universidad de los Andes (Colombia), y en estos momentos se encuentra realizando un máster Universitario en Psicoterapia Integradora en el Instituto Mensalus de Barcelona.

Le propuse que me contara de manera textual un poco más sobre esta relación que existe sobre la salud mental y la alimentación. Aquí está su elaborada respuesta y al final nos comparte unos consejos de alimentación consciente para esta época de fiestas que se avecina. La alimentación y la salud mental pueden unirse de varias formas. Explicaré, brevemente, dos puntos de encuentro.

La primera tiene que ver con la conexión que existe entre nuestro intestino, el famoso segundo cerebro, y nuestro sistema nervioso. Por un lado, gran cantidad de neurotransmisores como la serotonina son producidos no exclusivamente en el cerebro sino en el intestino, esto gracias a la población de microorganismos o probióticos que habitan allí. Para producir suficientes neurotransmisores (muchos encargados de modular estados afectivos) es necesario mantener un adecuado balance de nuestra flora intestinal. Fuera de eso, cuando este balance está alterado nuestra digestión no siempre es la mejor, lo cual influye en nuestros estados anímicos y de hecho, cuando estamos estresados, enojados o irritables, suele suceder que nuestro proceso digestivo se ve afectado también. La invasión de harinas engrasadas, frecuente hoy en día ponen en peligro las funciones del organismo y esto afecta nuestro humor o estado de ánimo. Por otro lado, si no recibimos en nuestras comidas diarias los suficientes nutrientes para alimentar nuestro cerebro (antioxidantes, vitaminas, minerales, grasas buenas como omega 3, agua, proteínas y carbohidratos de buena calidad) pues no podrá llevar a cabalidad ni a la perfección sus diversas tareas.

De lo comemos depende nuestro desempeño cognitivo, nuestros niveles de atención, nuestros estados de ánimo, pensamientos, nuestras conductas; inclusive, hay trastornos mentales cuyas causas pueden estar asociadas a una dieta no balanceada carente de nutrientes. Por ejemplo, estados depresivos o ansiosos pueden asociarse a deficiencias vitamínicas y a excesos en alimentos procesados altos en harinas y azúcares refinados. Asimismo, he leído sobre casos de autismo y epilepsia que han sido tratados con planes alimenticios específicos y han conseguido mejoría significativa.

Con esto puedo entrar a decir que incluso comer alimentos reales (y mejor si ecológicos), que son aquellos que se encuentran en su estado más natural y son más cercanos a la tierra que a una planta industrial, puede contribuir a sanar enfermedades mentales o físicas. Por esto mismo hoy en día han surgido los términos de “psiquiatría nutricional” y “terapia nutricional”. Pienso que es más favorable y eficaz para el individuo participar de tratamientos que trabajen desde una perspectiva holística, en la cual se tiene en cuenta no sólo la dimensión física sino también la psicológica, a lo cual se le une un análisis de la manera en que la persona se relaciona con el entorno, de los hábitos alimenticios y de su estilo de vida.

Si se llega a entender cómo estas variables pueden llegar a afectar al ser humano se puede intervenir para que la persona realice pequeños o grandes cambios que aumenten su calidad de vida. De hecho ahora existe una rama de la medicina llamada Medicina Funcional que en vez de “tratar” los síntomas” explora cuál es la raíz de la enfermedad y los factores que la mantienen para que así sí se pueda “tratar” o más bien erradicar la enfermedad. Esta especialidad se contrapone a la medicina occidental tradicional de hoy en día en la cual se preescriben innumerables tratamientos farmacológicos que traen efectos colaterales y/o que no erradican la enfermedad sino que sólo ponen a dormir los síntomas. Otro punto de encuentro entre la nutrición y la psicología tiene que ver con el acto de comer y las emociones asociadas a dicho acto.

El término de “hambre emocional” ha agarrado fama y permite explicar en parte esta relación. Este término consiste en que hay momentos en que podemos comer más de lo que necesitamos no por temas de hambre fisiológica sino por temas de raíz psicológica. Es común encontrar casos en los que se come de más por llenar un vacío o por estar inundado en emociones o sentimientos negativos. También existen casos que no se q cobijan bajo este término pero que también mantienen una raíz psicológica: comer menos por temas emocionales y a la vez por temas de imagen corporal.

Cuando estas situaciones se vuelven crónicas, frecuentes y extremas y la persona pierde libertad, se puede llegar a hablar de un desorden alimenticio. Sin embargo, esto no significa que ahora más de una persona presente un desorden, hay un amplio espectro. Pero es importante autoevaluarse para no tener que llegar hasta tal punto crítico para pedir ayuda a un profesional de la salud mental. Inclusive, cuando se quiere iniciar un plan para bajar o subir de peso de la mano de un profesional en nutrición es importante valorar los significados y creencias asociadas al acto de comer, pues hacer una “dieta” (término que no me gusta emplear) tiene sus implicaciones psicológicas y si se busca realizar y mantener cambios en la alimentación, considero que tal tratamiento debe abordarse, a su vez, desde una orientación psicológica.

Adicionalmente, considero que primero tenemos que saber comer antes de saber qué comer. Con esto me refiero a que el acto de comer no sólo es introducir cierto alimento a la boca, a medias masticarlo y dejar que el cuerpo haga lo suyo. Pienso que existe una relación particular entre nosotros y el alimento, y que como toda relación puede presentar tanto dificultades como momentos de felicidad. Como seres humanos podemos establecer y mantener un vínculo sano con la comida pero tal vez también hayan elementos por reparar. Anteriormente mencionaba que la ayuda de un profesional en psicología es clave no nada más cuando se presentan desórdenes alimenticios sino que también es muy útil cuando se busca generar un cambio, ya sea de hábito o en la relación con el alimento.

No obstante, creo que hoy en día continúa siendo un tabú ir al psicólogo, pues las ideas culturales y sociales que giran entorno a esto no suelen ser muy positivas. Por lo general, la sociedad asocia los términos enfermedad, trastorno mental y anormalidad con acudir a un profesional de la salud mental. Afortunadamente también existe otra parte que concibe al ser humano como un aquel ser emocional, que se encuentra con dificultades, que está en constante aprendizaje, que tiene derecho a equivocarse y a no saberlo todo.

Dicho esto, quiero hacerles la invitación a que no le tengan miedo a buscar ayuda, a ir al psicólogo. La psicoterapia, de calidad, en realidad resulta ser una inversión muy gratificante cuando existe un malestar significativo, se quiere ser escuchado y acompañado incondicionalmente, y cuando se persigue un cambio. Nosotros, al ser seres sociales, estamos diseñados para pedir y dar ayuda.